Vivir entre la basura
Eso sí, la llegada a Manila impresiona porque, como es habitual en casi todas las capitales del sudeste asiático, en ella todo es exagerado: la población (más de diez millones de personas que la convierten en la 11ª ciudad más habitada del mundo, aunque en extensión apenas supera a Madrid), el tráfico (cada vez que teníamos que desplazarnos a cualquier lugar se nos podía ir una hora o más en atascos)… todo es desproporcionado en una ciudad que, en realidad, es la suma de varias municipalidades o distritos que conforman lo que se llama “Metro Manila” o la “Gran Manila”.
Y Manila tiene rostros radicalmente distintos entre sí. El distrito de Makati, por ejemplo, se alza con toda la modernidad y el esplendor que uno puede encontrarse en Manhattan o en la ‘city’ de Londres: grandes rascacielos acristalados donde se ubican las oficinas de casi todas las embajadas y misiones internacionales, así como de las multinacionales más importantes con sede en Filipinas; modernos restaurantes de cocina internacional; interminables centros comerciales...
Gran contraste con el avejentado distrito de Intramuros, semilla de la actual Manila, fundado por nuestros antepasados allá por el siglo XVI. Como su propio nombre indica, es un recinto amurallado en el que, de hecho, pareciera que las murallas han logrado detener el paso del tiempo. Pasear por estas calles es totalmente distinto a hacerlo por Makati. Las amplias avenidas atestadas de tráfico dan paso a estrechas y silenciosas callejuelas, los modernos rascacielos a antiguas iglesias y palacetes con sabor colonial, las prisas de los ejecutivos extranjeros a la calma y reposo de los paseantes... Uno puede pensar que ha cambiado de país, cuando en realidad apenas hay unos kilómetros entre uno y otro distrito.
Claro que si hubo una zona de Manila que me dejó impresionado fue, sin duda, el barrio de chabolas (‘slum’ o ‘shantytown, en inglés) de Payatas, en el distrito de Quezon City. De nuevo, el contraste es tremendo. Por una parte, Quezon City pasa por ser la capital dentro de la capital. En él se sitúan el Parlamento y un buen número de las dependencias gubernamentales filipinas. Presume, además, de ser la municipalidad más rica del país y la única que no tiene deudas bancarias. Y sin embargo, dentro de ese mismo distrito, en apenas unos kilómetros, uno se adentra en uno de los lugares más empobrecidos y miserables que se pueda imaginar.
Y eso que en Manila hay multitud de ‘slums’, pero el de Payatas es particularmente sobrecogedor. Porque Payatas es, esencialmente, un vertedero. Pero no un vertedero cualquiera, sino el principal vertedero de Manila. Allí va a parar la basura que generan más de diez millones de personas: unas 4.500 toneladas diarias. Eso equivale a, literalmente, una inmensa montaña de basura de quince o veinte metros de alto y más de una hectárea de extensión.
Y allí, al abrigo de todos esos desperdicios, vive gente. Mucha gente. Algo así como 50.000 personas. Y viven allí porque, irónicamente, es entre toda esa basura donde encuentran un medio de subsistencia. De allí sacan materiales para sus chabolas. Y allí tienen su fuente de trabajo: todos los días, cientos de personas se sumergen en la basura buscando cualquier cosa que, luego, pueda ser vendida a cambio de unos pesos.
Podrá el lector tratar de imaginar las duras condiciones de vida en un lugar así. Pero lo que, probablemente, más impresiona de aquella zona sea su olor. Un hedor profundo y penetrante, casi asfixiante, del que no se puede escapar porque lo invade todo, que se cuela en las casas, y que prácticamente se pega a la ropa y a la piel. Cuesta imaginar cómo puede un ser humano acostumbrarse a percibirlo a diario…
Este lugar, al que la Manila adinerada y el mundo civilizado daban totalmente la espalda, saltó sin embargo a la primera plana de los periódicos de todo el mundo el 12 de julio de 2000. Ese día, en plena estación lluviosa, la basura cedió ante la fuerza de los aguaceros y se vino abajo. Toneladas de basura sepultaron a cientos de personas. No quiere uno imaginarse el horror de ver aquella montaña abalanzándose como un pestilente tsunami sobre las viviendas de aquella pobre gente…
Pero la vida siguió. Tras la tragedia, el gobierno propuso reubicar a sus habitantes en otra zona, lejos de la basura, en viviendas adecuadas. Pero la gente se negó. Porque lejos de la basura, ¿de qué podrían vivir?
Sin embargo, al final, lo que me llegó más hondo no fue el horror ante las ínfimas condiciones de vida que debían soportar los habitantes de aquella zona, sino la capacidad del ser humano de adaptarse y sobreponerse a lo que sea y, al final, encontrar el sentido y la alegría incluso en las condiciones más adversas. En un entorno como ése uno piensa que sería imposible sonreír, pero ellos sonríen, y mucho. Y cantan. Recuerdo un grupo de chicos y chicas que se empeñaron en enseñarnos uno de los bailes que estaban de moda en Filipinas aquel año, el “Otso Otso”. No logramos atinar con los pasos correctos, pero nuestro intento les hizo carcajearse con una alegría transparente que se elevó mucho más arriba del hedor y de la basura.
Los filipinos me parecieron, en general, gente de sonrisa fácil. Pero, curiosamente, me llevé la sensación de que sonreían de manera mucho más franca y abierta en Payatas que en la boyante y desarrollada Makati.





